sucia y pecaminosa 










Muchos siglos después, cuando agonizaba entre restos de sus descendientes muertos en guerras hereditarias, me acerqué a ella y me susurró al oído respuestas a antiguas preguntas , que en tiempos anteriores se había negado a contestar. No había sido el único en preguntarle. Todos teníamos las mismas inquietudes.










Su historia de vida ya me la sabía. Tal vez por eso confió en mí para contarme sus intimidades. 

Sus padres fueron celebremente toscos, portaban su seriedad con cierto orgullo. Se prometió a ella misma ser distinta, sus hijos respiraron felicidad desde pequeños.
















Su desendencia fue infinita como el horizonte. Era tal que en un punto los unos ya no se conocían con los otros. Gradualmente distintos, después de cierto grado de parentesco las pieles cambiaron de color, después de uno mayor desaparecieron los ojos, eventualmente enterraron las piernas. 
















Pocos nos sabíamos hermanos hijos de una misma madre moribunda. Muchos ni la conocieron. Sus nietos  ya no la consentían. Sus bisnietos no la protegieron. Los primos dejaron de decirse por el parentesco y se inventaron nuevos nombres.



















El territorio familiar se dividió y se repartió. A cada uno le tocó un pedazo. Estrecho, pero propio. Con los años se perdió el rastro de qué pertenecía a quién y entre hermanos fueron a la guerra. Con las décadas las lenguas fueron inteligibles y los signos irreconocibles. La diferencia nos llevó al apocalipsis. 
















Quien más criaría demonios sino una mala madre? Me susurró aquella tarde entre los escombros. Un mal padre, le respondí. El nunca se sacrificaría por nosotros. Le dije.

Es por que no está dispuesto a dejarlos huérfanos, me respondió. 
















El mundo  se detuvo mientras una luz enceguecedora  se revelaba frenando todo a su paso como si ella misma fuera el tiempo. Quienes saltaban se quedaron en el aire. Era de noche y la luz revelaba una verdad sobre el sol que alumbra el día. El sol es violento y agonizante. Aquella luz no lo era. Era eterna. Todos lo éramos en ese momento. O al menos los que podíamos verla. 













Nunca sabré hasta donde iluminó su rayo, solo sé que hasta donde yo veía, todo estaba iluminado. Dejó de ser noche, pero a la vez era visible que todavía lo era. La luz no entorpecía la visión de las estrellas ni de la luna, la enclarecia. 
















En un minúsculo infinito  se hicieron obvias cosas que antes parecían difíciles. Cómo si estuviéramos sesgados  por el tiempo y ahora que no estaba todo era claro y comprensible. 




Al irse la luz, ella ya no estaba.  









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